martes, 9 de diciembre de 2014

EDUARDO PALOMAR BARÓ: Joaquín Arrarás: Franco frente a la revolución, que condujo al Alzamiento

Joaquín Arrarás Iribarren


Nació en Pamplona en el año 1898. Se inició en el periodismo en Burgos, en el periódico El Castellano. En 1922 se trasladó a Barcelona, donde fue corresponsal del diario católico madrileño El Debate. Más tarde sería enviado especial del mismo periódico en Marruecos (donde conocería a Francisco Franco), Reino Unido, Portugal, Francia, Italia, EE. UU. y Próximo Oriente.


En 1925 pasó a dirigir El Diario Montañés de Santander, en el que introdujo notables cambios, técnicos y de redacción. Abandonó su vieja sede para trasladarse a un edificio propio en la calle del Arcillero donde montó una rotoplana, instalando una máquina “Duplex” y un taller de fotograbado. Cambió el formato y dio a las informaciones un carácter parecido al que entonces imperaba en la prensa madrileña. 

Pocos días antes de la sublevación de Jaca, Arrarás dejó la dirección del periódico dando paso al tradicionalista Melchor Ferrer.

Tras reintegrarse en El Debate (1930), durante la Segunda República Arrarás colaboró en la revista monárquica Acción Española. Asimismo fue cofundador, jefe de redacción y miembro del consejo editorial del Ya, el nuevo periódico de la Editorial Católica entre 1935 y 1936. También fue editorialista del monárquico ABC. Durante el periodo republicano, tuvo que hacer frente a 28 procesos por difamación.

Tras el comienzo de la Guerra Civil española, el 4 de agosto de 1936, recibió el encargo del general Emilio Mola de que, junto con Juan Pujol, organizase los servicios de Prensa y Propaganda de la Junta Nacional ubicados en Burgos. En 1937 Joaquín Arrarás sería nombrado director general de Prensa.

Durante la Guerra Civil Arrarás escribió varios libros. Entre estos destacan La última noche del Alcázar (1937), Franco (1937) −primera biografía publicada sobre el general−. Fue el encargado también de publicar, mutilados, dos cuadernos de las memorias autógrafas de Manuel Azaña, que un diplomático unido a los alzados le había robado en Ginebra a Cipriano Rivas Cherif, cónsul de la República española en dicha ciudad y cuñado del presidente de la República, al que éste le había confiado sus papeles. Arrarás los publicó, por entregas, en el ABC de Sevilla, a finales de 1937. 

Igualmente escribió, en colaboración con Faustino Jordana de Pozas El sitio del Alcázar de Toledo (1937), que incluía el diario de operaciones del coronel Moscardó.

Su obra más conocida es la Historia de la Cruzada Española, obra en 8 volúmenes sobre la Guerra Civil. Dicha obra contó con la colaboración de José María Pemán y la dirección artística del dibujante y pintor carlista Carlos Sáenz de Tejada.

Estos textos y otros expuestos por Arrarás en periódicos, revistas y diversos medios de comunicación del régimen franquista se caracterizaban por el enaltecimiento del régimen y sus principios y su frontal oposición a la democracia liberal y al comunismo. Joaquín Arrarás es también autor de los cuatro tomos de Historia de la Segunda República.

Esta obra mereció grandes elogios de la crítica:

“Cualquiera que sea el punto de vista que se sitúe todo historiador futuro, los hechos narrados por Joaquín Arrarás en la Historia de la Segunda República no podrán ser rectificados a fondo, y si trata de rehacer la correspondiente versión por cuenta propia tendrá que volver forzosamente a las mismas fuentes utilizadas por Joaquín Arrarás, sin que los resultados de la nueva investigación puedan ser distintos… Esta Historia equivale a las memorias en carne viva de muchas familias españolas y del español mismo”. (Melchor Fernández Almagro, de la Real Academia de la historia, en La Vanguardia Española).

“Desde el punto de vista de las fuentes, esta Historia tiene méritos bastantes como para convertirse en la más importante visión panorámica del período. Toda la documentación ha sido elaborada pacientemente, contrastada con las críticas de los detractores y de los defensores y depurada por el paso de los decenios. Es una descripción hecha desde dentro y al mismo tiempo desde lejos. Y no existe una obra comparable de dimensiones y de características metodológicas. Por todo ello, creo que esta Historia es hoy la obra capital sobre nuestra Segunda República y que está llamada a convertirse en una fuente primordial, en algo que, anticipándose al futuro, podríamos calificar de un clásico de la biografía sobre el tema”. (Gonzalo Fernández de la Mora, en ABC).

Por el primer tomo obtuvo el Premio Nacional de literatura Francisco Franco en 1956.

En 1962, Joaquín Arrarás fue condecorado con la Orden de Isabel la Católica al mismo tiempo que Salvador Dalí y fue periodista de honor.

Falleció en Madrid el 8 de agosto de 1975.

Franco, frente a la revolución


Aquella tarde del domingo 16 de febrero de 1936, las masas, obedientes a la consigna revolucionaria, se lanzaron a la calle. Y aun cuando ignoraban el verdadero resultado que arrojaban los escrutinios, se proclamaban vencedoras, pues se las había amaestrado para que a las tres horas de terminada la votación se agitaran jubilosas y enardecidas pidiendo el Poder, la libertad de los presos y las cabezas de determinados políticos.

La noche auguraba fuertes borrascas callejeras.

El general Franco llamó al general Pozas, Director de la Guardia civil, para decirle:

−Te supongo enterado de lo que sucede.

–No creo que pase nada –replicó Pozas indiferente.

–¡Por eso te llamo, para informarte de que las masas están en la calle, y de que se quiere sacar de estas elecciones, y en orden a la revolución, unas consecuencias que no están implícitas, ni mucho menos, en el resultado, y me temo que aquí y en provincias van a comenzar los desmanes, si es que no han comenzado ya.

–Creo que tus temores son exagerados.

–Ojalá suceda así, mas por si no lo son, te recuerdo que vivimos en una legalidad constituida, que yo acepto, y que nos obliga, aunque particularmente sea contrario a este sistema, a aceptar el resultado de las urnas. Mas todo lo que sea rebasar el resultado un solo milímetro, ya es inaceptable por virtud del mismo sistema electoral y democrático.

–No será rebasado, te lo aseguro.

–Creo que prometes lo que no podrás cumplir. Más eficaz sería que las personas de responsabilidad y las que ocupamos determinados puestos al servicio del Estado y del sistema constituido, estableciéramos el contacto debido para que la masa no nos rebase.

El Director de la Guardia civil no quería entender aquel lenguaje.

–Vuelvo a decirte que la cosa no tiene la importancia que le concedes. A mi parecer, lo que ocurre es sólo una legítima expansión de la alegría republicana. No creo que haya fundamento para temer nada grave.

Ante la actitud adulatoria y servil de Pozas para la revolución, el general Franco comprendió que no se podía contar con él para nada.

Al correr de la noche –horas lentas, cargadas de amenazas, presagios y de gritos roncos– el general Franco es avisado por amigos bien informados de que la presión roja estalla ya en desórdenes en muchas localidades, de que se temen mayores desmanes y de que Portela, deprimido, es sólo un guiñapo en poder de la revolución.

Eran cerca de las tres de la madrugada cuando Franco llamó al ministro de la Guerra, general Molero, que se hallaba durmiendo. Lo despertó. Molero empezó a hablar sin haber ahuyentado el sopor del primer sueño, que turbaba su cerebro. Se manifestaba atónito por lo que el general Franco le decía.

–¿Y qué cree usted que puedo hacer?

–Lo primero llevar al Consejo de Ministros la declaración del estado de guerra.

–¿Lo sabe Portela?

–Yo le hablaré ahora mismo.

En efecto, le habló, y en el Consejo celebrado el lunes se acordó declarar el estado de guerra en toda España. El general Franco tenía redactadas las oportunas órdenes, que las puso en circulación tan pronto como se le comunicó por teléfono la decisión de los ministros. A la vez, inició una serie de conversaciones con los comandantes generales, que hubo de suspender ante el aviso que le transmitía un ayudante de que el señor Portela le llamaba con toda urgencia.

Era para comunicarle la irritación del Presidente de la República, al conocer el acuerdo del Consejo de Ministros de declarar el estado de guerra, y su resolución a no tolerarlo, pues lo estimaba como una provocación al pueblo.

–Y usted ¿qué opina?—le interrogó Franco.

–Yo añadió –Pórtela– obedezco las órdenes de Alcalá Zamora.

Portela se resignaba a esto y a mucho más. Sin embargo, ante los deseos expresados por el general Franco, celebró aquella misma noche una entrevista con éste, concertada por mediación de don Natalio Rivas.

El general alentó a Portela para que, a pesar de la oposición de don Niceto Alcalá Zamora, declarara el estado de guerra y fuera todo lo adelante que hiciera falta para vencer a la anarquía que se estaba apoderando de España.

Portela rechazaba la sugestión:

–Yo soy viejo. Soy viejo... – repetía–. La empresa que me propone es superior a mis fuerzas. Sin embargo, yo le digo que es usted el único que me hace vacilar... Pero no... Eso es para un hombre con más energías que yo.

–Ustedes han llevado al país a ese trance y están en el deber de salvarlo...

–¿Y por qué no el Ejército? –preguntó por sorpresa Portela. 

–El Ejército –replicó Franco– no tiene aún la unidad moral necesaria para acometer esa empresa. Su intervención es necesaria, pues usted tiene autoridad sobre Pozas y cuenta todavía con los recursos ilimitados del Estado, con la fuerza pública a sus órdenes, más las colaboraciones que yo le prometo y que no le han de faltar.

Portela se agitaba inquieto. Se levantaba, daba unos pasos, se volvía a sentar. Parecía febril y nervioso. Anhelaba el final de aquel forcejeo. Terminó diciendo:

–Déjeme que consulte con la almohada.

El general Franco le replicó:

–Ya sé lo que le va a decir: que no; y la urgencia es tal, que no caben consultas ni dilaciones.

Portela repetía: –Déjeme meditar.

Al día siguiente, la meditación dio el resultado previsto. El jefe del Gobierno hacía saber al general Franco que la situación no era tan grave como él la pintaba. Que las cosas se encauzarían por un Ministerio de izquierdas y que no era de temer el porvenir catastrófico que el general pronosticaba. 

Entretanto, Portela pactaba la traición con el Gran Oriente de la Masonería, Martínez Barrio, que vigilaba de cerca al jefe del Gobierno y no le abandonaba un momento.

En conversación se hallaban los dos masones, cuando irrumpió en la sala otro “hermano” caracterizado: el general Pozas.

–Señor Presidente –exclamó el recién llegado con frase alterada por la emoción–, vengo a denunciarle, porque lo sé con absoluta certeza, que los generales Franco y Goded están sublevando a las guarniciones.

Martínez Barrio simuló gran sorpresa e indignación por aquella farsa que él había preparado.

–No se puede tolerar... No podemos aguardar ni una hora más.

Pozas amenazó:

–La Guardia civil se opondrá a toda militarada.

El Director general de la Benemérita suponía que unos cortos meses al frente del cargo habían bastado para deshonrar y desarticular al Benemérito Instituto.

Aquella entrevista fue el beso de Judas.

Allí quedó concertada la entrega de España a los sayones revolucionarios.

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Ya está el Frente Popular en el Poder. No se hará esperar el decreto que aleje de Madrid a los generales Goded y Franco. Al uno se le envía a la Comandancia General de las Baleares; al otro, a la de Canarias. Azaña volverá a repetir, que con este alejamiento se les libra de la tentación.

Antes de salir para su destino, el general Franco visita a los señores Alcalá Zamora y Azaña.

La entrevista con el primero fue muy extensa.

Franco le anuncia los peligros que se ciernen sobre España y la falta de elementos para oponerse a la revolución triunfante. Don Niceto sonríe entre inconsciente y sandio.

–A la revolución –dice– la vencimos en Asturias.

–Recuerde, señor Presidente –le replica Franco– lo que costó contenerla en Asturias. Si el asalto se repite en todo el país, será bien difícil sofocarlo. Porque el Ejército carece hoy de los elementos necesarios y porque ya están repuestos en sus mandos generales interesados en que no se venza. El entorchado no es nada cuando el que lo ostenta carece de la autoridad, del prestigio y de la competencia que son imprescindibles para ser obedecido.

Don Niceto lo echaba todo a barato y se negaba a comprender aquel lenguaje de la lealtad y del honor. Gesticulaba incrédulo. Movía su cabeza haciendo signos negativos.

El general se puso en pie. El Presidente de la República le despidió:

–Váyase tranquilo, general. Váyase tranquilo. En España no habrá comunismo.

–De lo que estoy seguro –afirmó Franco– y puedo responder, es que, cualesquiera que sean las contingencias que se produzcan aquí, donde yo esté no habrá comunismo. 

Su entrevista con Azaña fue más breve y tajante. El jefe del Gobierno se dedicaba en aquellos días a calmar a las gentes con la promesa de una revolución aburguesada y apacible. Los augurios de Franco eran acogidos con una sonrisa suficiente y sardónica.

–Hacen ustedes mal en alejarme –se lamentó el general–, porque yo en Madrid podría ser más útil al Ejército y a la tranquilidad de España.

Azaña contestó:

–No temo a las sublevaciones. Lo de Sanjurjo lo supe y pude haberlo evitado, pero preferí verlo fracasar.

La revolución era él y no admitía consejos de generales. 

Franco, no con propósitos conspiratorios, ni tampoco por enemiga contra el régimen, sino pensando en España y en los peligros que la amenazaban, se dedicó a realizar ciertas gestiones que consideró necesarias. Celebró una entrevista con los generales Mola y Varela, a los que confió el encargo de mantener una relación permanente con los generales de las divisiones que merecían plena confianza, y con aquellos elementos militares de máxima garantía que, por ejercer mando, fuera de gran interés tenerlos apercibidos para una situación de extrema gravedad que pudiera producirse. 

Designó a persona de su entera confianza, para sostener al través de ella las relaciones que consideró imprescindibles, desde su destino de Canarias.

En aquellos días, y muy poco antes de que José Antonio Primo de Rivera fuera encarcelado, se entrevistó con él, en casa de don Ramón Serrano Suñer, cuñado del general. 

Primo de Rivera le expuso cuál era la situación de Falange Española, y le dio a conocer los elementos de que disponía en Madrid y en provincias, para un momento dado. El general le recomendó continuara en relación con el teniente coronel Yagüe, al cual le conocía el señor Primo de Rivera, por haberse entrevistado con él en aquella misma casa. El general Franco celebró otras conferencias con personajes de marcada influencia en ciertos sectores políticos.

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Desde Canarias asiste el general Franco al drama que se desarrolla en España. La convulsión es cada día más profunda y los estragos mayores.

Al repetirse las elecciones en Cuenca, vuelven a ofrecerle los partidos de orden un puesto en la candidatura, que Franco rechazó públicamente. La pasión política estaba al rojo vivo y no se podía esperar nada noble ni eficaz de aquel Parlamento.

No creía tampoco en la sinceridad del sufragio.

–Cuando los fondos de las organizaciones obreras –decía– se dedican al soborno político, a la compra de armas y municiones y a la contrata de pistoleros y asesinos, la democracia, representada por el sufragio universal, ha dejado de existir.

Le inquieta y preocupa de modo especial aquella poda que el ministro de la Guerra viene haciendo en la oficialidad del Ejército y de la Guardia civil; desmoche que va reduciendo las posibilidades de resistencia, pues la mayoría de los excluidos y postergados son los más partidarios del movimiento que cada vez se ve más ineludible e inmediato. 

Entonces el general Franco se decide a escribirle al ministro de la Guerra, Santiago Casares Quiroga, una carta con la secreta intención de contener aquella carrera de destituciones y de remociones, que ponía en evidente riesgo el éxito del movimiento en algunas capitales y regiones. Franco consiguió en buena parte lo que se proponía, pues al recibo de la carta amainó la furia demoledora del ministro.

La carta, que lleva la fecha del 23 de junio, decía así: 


«Respetado ministro: Es tan grave el estado de inquietud que en el ánimo de la oficialidad parecen producir las últimas medidas militares, que contraería una grave responsabilidad y faltaría a la lealtad debida si no le hiciese presentes mis impresiones sobre el momento castrense y los peligros que para la disciplina del Ejército tienen la falta de interior satisfacción y el estado de inquietud moral y material que se percibe, sin palmaria exteriorizaron, en los Cuerpos de oficiales y suboficiales. Las recientes disposiciones que reintegran al Ejército a los jefes y oficiales sentenciados en Cataluña, y la más moderna de destinos antes de antigüedad y hoy dejados al arbitrio ministerial, que desde el movimiento militar de junio del 17 no se habían alterado, así como los recientes relevos, han despertado la inquietud de la gran mayoría del Ejército. Las noticias de los incidentes de Alcalá de Henares, con sus antecedentes de provocaciones y agresiones por parte de elementos extremistas, concatenados con el cambio de guarniciones, que produce, sin duda, un sentimiento de disgusto, desgraciada y torpemente exteriorizado, en momentos de ofuscación, que, interpretado en forma de delito colectivo, tuvo gravísimas consecuencias para los jefes y oficiales que en tales hechos participaron, ocasionando dolor y sentimiento en la colectividad militar. Todo esto, excelentísimo señor, pone aparentemente de manifiesto la información deficiente que, acaso, en este aspecto debe llegar a V. E., o el desconocimiento que los elementos colaboradores militares pueden tener de los problemas íntimos y morales de la colectividad militar. No desearía que esta carta pudiese menoscabar el buen nombre que posean quienes en el orden militar le informen o aconsejen, que pueden pecar por ignorancia; pero sí me permito asegurar, con la responsabilidad de mi empleo y la seriedad de mi historia, que las disposiciones publicadas permiten apreciar que los informes que las motivaron se apartan de la realidad y son algunas veces contrarias a los intereses patrios, presentando al Ejército bajo vuestra vista con unas características y vicios alejados de la realidad. Han sido recientemente apartados de sus mandos y destinos jefes, en su mayoría, de historia brillante y de elevado concepto en el Ejército, otorgándose sus puestos, así como aquellos de más distinción y confianza, a quienes, en general, están calificados por el noventa por ciento de sus compañeros como más pobres en virtudes. No sienten ni son más leales a las instituciones los que se acercan a adularlas y a cobrar la cuenta de serviles colaboraciones, pues los mismos se destacaron en los años pasados con Dictadura y Monarquía. Faltan a la verdad quienes le presentan al Ejército como desafecto a la República; le engañan quienes simulan complots a la medida de sus turbias pasiones; prestan un desdichado servicio a la Patria quienes disfracen la inquietud, dignidad y patriotismo de la oficialidad, haciéndoles aparecer como símbolos de conspiración y desafecto. De la falta de ecuanimidad y justicia de los Poderes públicos en la administración del Ejército en el año 1917, surgieron las Juntas Militares de Defensa. Hoy pudiera decirse virtualmente, en un plano anímico, que las Juntas Militares están hechas. Los escritos que clandestinamente aparecen con las iniciales de U. M. E. y U. M. R. son síntomas fehacientes de su existencia y heraldo de futuras luchas civiles si no se atiende a evitarlo, cosa que considero fácil con medidas de consideración, ecuanimidad y justicia. Aquel movimiento de indisciplina colectivo de 1917, motivado, en gran parte, por el favoritismo y arbitrariedad en la cuestión de destinos, fue producido en condiciones semejantes, aunque en peor grado, que las que hoy se sienten en los Cuerpos del Ejército. No le oculto a V. E. el peligro que encierra este estado de conciencia colectivo en los momentos presentes, en que se unen las inquietudes profesionales con aquellas otras de todo buen español ante los graves problemas de la Patria.

«Apartado muchas millas de la Península, no dejan de llegar hasta aquí noticias, por distintos conductos, que acusan que este estado que aquí se aprecia, existe igualmente, tal vez en mayor grado, en las guarniciones peninsulares, e incluso entre todas las fuerzas militares de orden público. 

«Conocedor de la disciplina, a cuyo estudio me he dedicado muchos años, puedo asegurarle que es tal el espíritu de justicia que impera en los cuadros militares, que cualquiera medida de violencia no justificada produce efectos contraproducentes en la masa general de las colectividades al sentirse a merced de actuaciones anónimas y de calumniosas delaciones.

«Considero un deber hacerle llegar a su conocimiento lo que creo una gravedad grande para la disciplina militar, que V. E. puede fácilmente comprobar si personalmente se informa de aquellos generales y jefes de Cuerpo que, exentos de pasiones políticas, vivan en contacto y se preocupen de los problemas íntimos y del sentir de sus subordinados.

«Muy atentamente le saluda su afmo. y subordinado, Francisco Franco.

En los primeros días del mes de julio recibe informes de la marcha de la conspiración y la noticia de que ha sido elegido, como general más autorizado, para ponerse al frente del Ejército de África. Se le consulta también sobre lo que se debe hacer en algunos otros sitios, en especial en la capital de España.

Sirviéndose de clave, Franco escribe tres cartas a Madrid. En una de ellas previene contra el peligro que significaría que la guarnición se encerrase en los cuarteles, pues no es posible desconocer los importantes medios y recursos del Gobierno. Franco aconseja que las tropas se concentren en determinado lugar, replegándose luego hacia la sierra para unirse a las fuerzas que avancen del Norte.

Dicha carta no tuvo eficacia por no haber sido descifrada oportunamente por su receptor.

La explosión de España


Al mediodía del 17 de julio se recibió en Madrid un mensaje telefónico que procedía de Tetuán. Era una sencilla felicitación por la onomástica de un ciudadano, de nombre y apellidos vulgares, firmada por un nombre más vulgar aún. Sin embargo, se trataba de un mensaje sensacional. El nombre del felicitado tenía once letras y el del remitente diecisiete.

Y aquel mensaje, al parecer tan inocuo, enviado por orden del coronel Yagüe, decía nada más que esto: “Las tropas de África se han sublevado a las once de la mañana del día diecisiete”.

Los sucesos no correspondían con toda exactitud a esta referencia, pues el Ejército de África no se sublevó hasta la tarde. Más tan pronto como se recibió el mensaje, los agentes de enlace hicieron llegar la noticia a los jefes del movimiento que iba a ser salvador de España: a los generales Mola, Goded y Fanjul y al general Saliquet, que pocas horas después salía para Valladolid. Por otro conducto llegaba también la noticia a algunos jefes de la Escuadra y al general Queipo de Llano.

A las cinco de la tarde, el Gobierno ya está enterado de que en Marruecos sucede algo anormal. Casares Quiroga llama desde el Ministerio de la Guerra al Comandante General de Melilla, general Romerales, masón de calidad, en quien el ministro tenía depositada toda su confianza. ¡Tremenda decepción! No es Romerales el que contesta al ministro, sino el coronel Solans quien le da la sorprendente y terrible nueva de que Romerales no se puede poner al teléfono porque lo tiene encarcelado.

Casares Quiroga no quiere dar crédito a lo que oye, y para esclarecer lo ocurrido llama al jefe de las fuerzas de África, el general Gómez Morato, que se halla en Tetuán, el cual le responde que desconoce en absoluto lo que ocurre en Melilla, más se propone averiguarlo en seguida. Y al efecto, embarca en un avión con destino a dicha plaza, donde le esperan los legionarios, que, sin dejarle tiempo para más, le conducen a presencia del coronel Solans.

−General, nos hemos alzado contra el Gobierno y por España. Dese preso. Gómez Morato no resiste y se entrega.

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El alzamiento de las tropas de África había sido unánime. Los Ejércitos de las dos zonas, identificados en el ideal, habían llegado a una plena coincidencia durante las maniobras realizadas a mediados de julio en el Llano Amarillo. El teniente coronel Yagüe llevó a prevención una tienda-parque, y en ella celebraban conciliábulos y entrevistas los jefes y oficiales de las fuerzas congregadas. Allí quedaron designadas Juntas de Guarnición, y se acordó sobre la forma en que había de desarrollarse el movimiento. Se convenció a los remisos, se animó a los tibios, y todo quedó concertado y a punto para el momento en que se recibiera la orden.

La última noche en el Llano Amarillo, llegó la noticia del asesinato del señor Calvo Sotelo. Entre los oficiales había un sobrino del ex ministro, el señor Barber, que se dispuso a salir inmediatamente para la Península.

Al despedirse del teniente coronel Yagüe, éste le dijo: Dentro de poco tendrá usted noticias de nosotros.

Llegó, por fin, la ansiada orden. El movimiento debía comenzar el día 17, a las cinco de la tarde. Las tropas quedaron apercibidas para dicha hora, pero en Melilla se precipitaron los acontecimientos, porque, enterado el general Romerales de lo que se preparaba, intentó hacer abortar el movimiento, llamando en su auxilio a las organizaciones revolucionarias. Hay tiroteos que siembran la alarma, colisiones y conatos de resistencia, que son reducidos con rapidez por los legionarios del teniente coronel Helio Rolando de Tella y Cantos, este jefe con nombre de cruzado, modelo de lealtad y arquetipo de valientes, perseguido con saña por la República desde el día de su instauración, y que acababa de llegar de la zona francesa, donde se hallaba refugiado.

El general Romerales quedó encarcelado y el coronel Solans se hizo cargo de la Comandancia.

En Tetuán, el Alto Comisario, Álvarez Buylla, el mejor ejemplar de una familia de paniaguados, intenta resistir. Lanza sin cesar a Madrid apremiantes llamadas de auxilio. Cuando le dicen que la Legión y los Regulares vienen sobre la Alta Comisaría, se rinde.

El teniente coronel Yagüe ordena desde Tetuán la salida de camiones para recoger a la quinta Bandera, la de Castejón, que está en el Zoco de Arbaa.

A las once y media de la noche, Yagüe, al frente de la cuarta Bandera, que se hallaba en Dar Riñen, emprende la marcha sobre Ceuta, a la vez que ordenaba a la guarnición de aquella ciudad que saliera a la calle y ocupara la población, como así se hizo sin disparar un solo tiro.

Al día siguiente embarcaban las primeras fuerzas de Regulares para España. El Churruca transportaba el tabor de Oliver a Cádiz, y apenas hubo desembarcado, cuando se sublevó el contratorpedero, uniéndose a la escuadra roja. Otro tabor, mandado por el teniente coronel Amador de los Ríos, salía para Algeciras y desembarcaba en Punta Mayorga. Los aviones rojos voltejeaban sobre las tropas africanas.

En el Estrecho, la escuadra amotinada enarbolaba la bandera de la revolución y se disponía a impedir el paso de tropas.

Franco volaba hacia Tetuán.

La noticia de lo que sucedía en África no trascendió a España hasta el día 18. Por la mañana, era facilitada una nota oficiosa, que la Unión Radio lanzó a los espacios y que decía.

“Se ha frustrado un nuevo intento criminal contra la República. El Gobierno no ha querido dirigirse al país hasta conseguir conocimiento exacto de lo sucedido y poner en ejecución las medidas urgentes e inexorables para combatirlo.

“Una parte del Ejército que representa a España en Marruecos, se ha levantado en armas contra la República, sublevándose contra la propia Patria y realizando un acto vergonzoso y criminal de rebeldía contra el Poder legítimamente constituido.

“El Gobierno declara que el movimiento está exclusivamente circunscrito a determinadas ciudades de la zona del Protectorado, y que nadie, absolutamente nadie, se ha sumado en la Península a tan absurdo empeño. Por el contrario, los españoles han reaccionado de un modo unánime y con la más profunda indignación contra la tentativa reprobable y frustrada ya en su nacimiento.

“El Gobierno se complace en manifestar que heroicos núcleos de elementos leales resisten frente a la sedición en las plazas del Protectorado, defendiendo el honor del uniforme, el prestigio del Ejército y la autoridad de la República. En estos momentos las fuerzas de tierra, mar y aire de la República, que, salvo la triste excepción señalada, permanecen fieles al cumplimiento del deber, se dirigen contra los sediciosos para reducir con inflexible energía un movimiento insensato y vergonzoso.

“El Gobierno de la República domina la situación, y afirma que no ha de tardar en anunciar a la opinión pública que se ha restablecido la normalidad”.

A las tres de la tarde se facilitaba otra nota para aplacar la inquietud creciente:

“De nuevo habla el Gobierno para confirmar la absoluta tranquilidad en toda la Península.

“El Gobierno estima las adhesiones que ha recibido, y, al agradecerlas, manifiesta que el mejor concurso que se le puede prestar es garantizar la normalidad de la vida cotidiana para dar un elevado ejemplo de serenidad y de confianza en los resortes del Poder.

“Gracias a las medidas de previsión que se han tomado por parte de las autoridades, puede considerarse desarticulado un amplio movimiento de agresión a la República, que no ha encontrado en la Península ninguna asistencia, y sólo ha podido conseguir adeptos en una fracción del ejército que la República española mantiene en Marruecos, y que, olvidándose de sus altos deberes patrióticos, fueron arrastrados por la pasión política, olvidando sus más sagrados compromisos.

“El Gobierno ha tenido que tomar, en el interior, radicales y urgentes medidas, unas ya conocidas; las otras culminan en la detención de varios generales, así como de numerosos jefes y oficiales comprometidos en el movimiento. La Policía ha conseguido también apoderarse de un avión extranjero que, según indicios, tenía el cometido de introducir en España a uno de los cabecillas de la sedición.

“Estas medidas, unidas a las órdenes cursadas a las fuerzas que en Marruecos trabajan para dominar la sublevación, permiten afirmar que la acción del Gobierno bastará para restablecer la normalidad”.

Al caer de la tarde, el Gobierno se reúne en el Ministerio de la Guerra, al que acude, llamado, Largo Caballero, quien no sólo ofrece el concurso de las milicias socialistas para cuanto haga falta, sino que conmina al Gobierno para que, sin pérdida de tiempo, arme al pueblo, pues de lo contrario hará a los ministros responsables de negligencia en su deber de salvar a la República.

Cada hora Unión Radio emite una nueva nota oficiosa y balsámica para repetir que el foco insurreccional se circunscribe a Marruecos, que en toda la Península hay tranquilidad absoluta, que es incierto que se haya declarado el estado de guerra y que reputa como facciosos a los que propalan esta noticia. También dice que la Aviación ha bombardeado a los sediciosos en Ceuta y Melilla y que las unidades de la Escuadra marchan hacia África.

Pese a las seguridades que da el Gobierno de que el movimiento está localizado, todos saben que lo de Marruecos no es un foco aislado y único, como se afirma oficialmente.

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Este mismo día 18, el general Queipo de Llano inicia su gran proeza en Sevilla, que más tarde la relatará con estas palabras:

“A las dos menos cuarto de aquel día no había francamente sublevados en Sevilla más que el comandante Cuesta, mi ayudante y yo... y algún que otro oficial; a las dos estaban presos dos generales, dos coroneles, un teniente coronel, dos comandantes... A las dos y media se proclamó el estado de guerra; a las tres caían en nuestro poder, prisioneros, muchos agentes del Gobierno, con sus elementos de combate; a las cinco empezó a funcionar la artillería; a las seis estaban bajo mi mando todos los centros oficiales; antes de anochecido eran prisioneros todas las autoridades del Frente Popular, todos los guardias de Asalto que les servían, y pasaban a nuestras manos los tanques blindados y armamento de que estas fuerzas disponían; a las doce de la noche se rendía el Aeródromo de Tablada sin disparar ni un solo tiro; el día 19 amaneció en Sevilla completamente español, auténticamente nacional...”

En la madrugada del 18 al 19 empieza a encenderse en muchas capitales la gran hoguera de patriotismo, que pocas horas después se alzará gigantesca y atraerá la atención de todo el planeta.

Los anhelos, tantos años escondidos, se desbordarán en gritos que son latidos del alma: quedarán rotas las mordazas y las cadenas que aprisionaban el sentimiento nacional. Ya no es un delito el amar a España: y estos primeros vítores de liberación van fundidos con sollozos y lágrimas.

Es como si hubiera invadido a los españoles patriotas una altísima fiebre, una reacción orgánica por rescatarse, por recuperar su salud, por vivir. Los hombres que se lanzan a la calle van tremantes e iluminados. Sus ojos destellan una luz heroica. Sus manos tiemblan ansiosas por coger un fusil. 

España se siente sacudida por un trallazo eléctrico que la incorpora para las grandes decisiones.

Ya están los bravos de Renovación Española, los primeros de Somosierra, defendiendo la carretera como se defiende un tesoro. Una guerrilla de temerarios dispuestos a enfrentarse con las avalanchas rojas que les lancen desde Madrid.

¡Divina locura la de estos hombres!...

En Burgos rompen el silencio de la noche estrellada las tropas, mezcla confusa de oficiales, soldados y paisanos, que pasan férvidos y vociferantes vitoreando a España.

En aquellas horas, en la mayoría de los cuarteles se dirime una tremenda lucha entre los patriotas y los pérfidos. En los cuartos de banderas está el pulso de España. Horas patéticas, cargadas de responsabilidad y de historia, que van a alumbrar una patria nueva.
 
De aquella incertidumbre unas guarniciones saldrán decididas hacia el triunfo. Otras, para una rendición infausta, como la del cuartel de la Montaña; triste, como la del cuartel de Loyola de San Sebastián. Para sucumbir gloriosamente, como la guarnición de Barcelona y los defensores del cuartel de Simancas de Gijón, o para resistir victoriosas las penalidades del sitio en Oviedo, y en Huesca y Teruel, y en el Alcázar de Toledo.

En Coruña, Ávila, Cáceres, Vitoria, Zaragoza, Cádiz, Córdoba, Jaca y en tantos otros sitios, el Ejército logra dominar rápidamente.

El Ejército no está solo. Desde el primer momento cuenta con colaboraciones eficaces por parte de la población. Elementos civiles que anhelaban este momento, y que acuden presurosos a solicitar un puesto en la cruzada. 

Falange y Requetés, los primeros


En Valladolid, la ciudad azul, capital de la Falange Española, cuando la Falange era vitanda, execrada y prohibida por la ley, y se refugiaba en la clandestinidad, de donde únicamente salía para jugarse la vida a tiros, para ir a la cárcel o para enterrar a sus muertos; en Valladolid se organiza la primera centuria, que el coronel Serrador llevará con sus tropas al Alto del León, que será la cumbre de la gloria y del dolor, Calvario y Tabor de Valladolid, el Verdún de aquella hora creadora en que se van a alzar las nuevas fronteras de España.

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Y en Pamplona...

El día 19 de julio, se hacía realidad y cristalizaba en un espectáculo asombroso la leyenda carlista. Pamplona, palpitante de emoción, ronca de vítores, temblorosos de dicha los corazones porque se cumplían las profecías. Pamplona, arrebolada de boinas rojas y florecidas de banderas españolas que aleteaban con impaciencia por iniciar un vuelo de conquista y contar el prodigio al resto de la patria.

Poco después de las cuatro, el general Mola, el más destacado artífice de aquel acontecimiento, revistaba los primeros batallones de la Tradición. Muchos mozos de los que rebullían cerca de los cuarteles, traían el olor de las eras donde dejaron abandonadas las trillas. Lucían la camisa limpia y el buen traje, el que reservaban para las fiestas. Los más humildes vestían trajes rapados o blusas y calzaban alpargatas. Algunos, más entonados y ricos, no prescindieron del cuello duro para hacerse soldados y coger el fusil, pues como no había uniformes para todos, los que no lo consiguieron se incorporaron a los batallones con la vitola en que les sorprendió el suceso.

¡Qué grande Navarra en aquella jornada! Frente a los cuarteles, adonde afluían las avalanchas de boinas rojas y se organizaban los voluntarios para marchar a la guerra, se daban las escenas más inverosímiles de abnegación y de patriotismo. Pueblos como los de Mendigorría y Artajona, que se quedaron, no sólo sin mocina, sino hasta sin hombres. Ancianos a los que hubo que contener, porque la sangre les tiraba y querían echarse al campo. Los siete hermanos de una familia de Pamplona, con el fusil. El padre y los cinco hijos de un pueblo de la Ribera. Abuelo, hijo y nieto en la misma fila.

Era el milagro de Navarra. El milagro de la perseverancia de Navarra. El milagro de la Tradición.

El tronco añoso, arrugado y nostálgico, que se vestía de pronto con las galas de una primavera triunfal.

Caía la tarde, y los camiones colmados de requetés salían en busca de la guerra, cantando viejas tonadas con brío nuevo. Era como si Navarra hubiera abierto sus arterias para anegar a España hasta quedarse exhausta.

Salían más y más camiones, que formaban en la carretera rosario interminable, envuelto en el estruendo de los motores y en el vocerío juvenil, fragante y liberador, que era la voz antigua de la Navarra guerrera y conquistadora. Y su eco se perdía en los espacios cálidos de aquella noche ardiente del mes de julio.

Cada provincia hace su guerra, y, dentro de cada provincia, cada ciudad y cada aldea ventila su contienda peculiar. 

¿Quién es capaz de recoger esas infinitas cuentas de heroísmo, desgranadas por millares de personas que en aquellos días iniciales se jugaron la vida con tanta fe como decisión, que unas veces les valió el triunfo y otras las condujo al martirio?

¿Quién podrá contar el sacrificio de los innumerables héroes, fieles a su juramento y a su honor, o simplemente leales a su conciencia, que cumplieron su deber sin otra recompensa que una muerte oscura, trágica, ofrendada a Dios y a España en los sótanos de una checa, en las tapias de un cementerio, o en el acantilado por el que eran despeñados al mar?...

De aquellas primeras horas confusas y caóticas, saldrá dividida España.

Un fulgor de bayonetas y un pespunte de disparos señalan las nuevas fronteras.

A un lado, la anarquía; al otro, España.

Y empieza la guerra… 


Eduardo Palomar Baró

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